De cuando nació Intensa y otros demonios - Parte II

Quedé trancada.

Todo lo que creé en una noche, no lo moví. Algo tenía que cambiar antes. Fuertemente. Y yo no lo sabía cuando creé Intensa.

Aunque, en el fondo, sí.

—¿Pero qué es Intensa? —me preguntaban mis amigas.

Y tuve que postergarles durante mucho tiempo esa respuesta. Porque, aunque suene trillado, antes de poder contestar qué era Intensa, tenía que descubrir quién era yo cuando dejaba de hacer lo que había hecho durante tanto tiempo.

Spoiler: no hubo ningún descubrimiento mágico sobre ningún verdadero yo. Aunque sí hubo mucha transformación. Pero eso no viene al caso de lo que quiero contar.

O capaz que sí.

En medio de esa parálisis que me impedía seguir con el impulso creador de aquella noche, una amiga me motivó a retomar el proyecto. Y la invité a hacerlo conmigo. Muchísimo de lo que hoy ves de Intensa, lo hicimos juntas.

Con Intensa tenía un silencioso y humilde plan de rebelión.

Quería reivindicar la intensidad, una palabra que sentía cada vez más castigada en este mundo instagrameable y memeable.

Yo solía dejar regalos improvisados en algún escritorio, en la portería de algún edificio o arriba de una silla. Me tomaba mi tiempo armando notitas, escribiendo cartas, eligiendo una cajita.

Porque el punto nunca era el regalo.

Era la intención que el regalo dejaba caer entre líneas.

Y también era Intensa en mi casa y en la oficina: armando rincones, muebles de recuerdos, mi rincón del café, mis rincones para especias.

Entonces, básicamente, quería que Intensa fuera una excusa para eso, que mandáramos a volar el control y nos permitiéramos ser Intensos.

Pero...

No lo hice bien.

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