Una noche, hace tres años, me fui a la cama. Estaba cansada. Siempre estaba cansada. Tenía un importante cargo en una empresa de tecnología. En algún momento de la vida me había convencido que era eso lo que quería. No sé cuándo fue que había dejado de soñar con ser escritora o con ser psicóloga, pero así, como quien no quiere la cosa, hacía más de veinte años que ni me lo cuestionaba. Esa noche, como decía, me fui a la cama. Y a pesar de estar cansada, no me podía dormir.
Algo me empujaba desde adentro, como queriendo salir. ¿Pero qué? No era capaz de darme cuenta qué quería, porque ni siquiera era capaz de darme cuenta exactamente quién era una vez que las horas productivas se agotaban.
Esa noche, que estaba cansada, seguí sin descubrirlo. Y seguiría sin hacerlo por más de un año. Sin embargo, algo sorpresivamente salió. De algún lado, para algo, salió.
Cerré los ojos. Me acordé que hacía unos días alguien, de una forma linda me había dicho, “Sos Intensa”. Y ese alguien, que no me conocía, capaz me había podido ver mejor que yo.
Me levanté, agarré la máquina. Diseñé un logo, compré un dominio, creé una página, un Instagram y a todo lo llamé Intensa.
Sin embargo, Intensa no vería la luz, hasta un año después. Luego te sigo contando…